Entender el Derecho es una forma de no resignarse

Carlos Alvarado

​En México tenemos una habilidad curiosa: Cuando algo sale mal en la justicia, miramos al juez, lo señalamos, lo juzgamos y lo convertimos en el villano favorito.

Es cómodo, es casi terapéutico, pero es profundamente inexacto. La justicia no depende únicamente del juez; depende, en gran medida, de lo que las partes construyen.

Aquí es donde empieza la incomodidad: el juez no investiga por usted, no corrige su negligencia ni recompone un caso mal estructurado.

El juez resuelve con lo que tiene; así funciona el sistema, de modo que, cuando un asunto está mal planteado, mal probado o pobremente argumentado, el problema no nace en la sentencia, nace antes, en la defensa.

​Hay que decirlo sin rodeos: En México existen abogados que no están a la altura de la responsabilidad que asumen, son los suficientes para que el sistema resienta sus consecuencias; profesionales que prometen lo que no pueden garantizar, que sustituyen el estudio por el discurso y que creen que litigar consiste en hablar fuerte y no en pensar con profundidad.

Existe algo más grave todavía, algo estructural, en este país, muchas veces la ley se trata como un adorno.

La norma existe, está publicada y tiene fuerza obligatoria; sin embargo, en la práctica, demasiadas veces se ignora, se negocia o, peor aún, se normaliza su incumplimiento.

Cuando esto ocurre, el problema ya no es solo de técnica jurídica, sino de cultura institucional. Cuando la ley se vuelve decorativa, el derecho deja de ser un límite al poder para convertirse en un accesorio de este.

​Entramos así en un bucle peligroso, un ciclo que se repite con precisión casi matemática: no se respeta la norma, se tolera la irregularidad, se justifica la excepción y después nos indignamos por la corrupción y la impunidad, como si fueran fenómenos espontáneos que surgieran solos.

No es así; la impunidad no aparece, se construye. Se construye cada vez que un abogado litiga sin rigor; se construye cada vez que las autoridades deciden no aplicar la ley; se construye cada vez que el ciudadano normaliza que así son las cosas.

En ese ecosistema, la justicia deja de ser un sistema y se convierte en una simulación.

​Conviene ser muy preciso, la Constitución no es un documento aspiracional, es una norma suprema y vinculante,au eficacia no depende solo de la exigencia, sino del cumplimiento real.

Cuando quienes operan el sistema —abogados, autoridades e instituciones— deciden tratar como referencia opcional lo que es obligatorio, lo que se rompe no es un procedimiento, es el Estado de derecho.

Por eso el debate no es menor: no se trata solo de exigir mejores jueces; se trata de exigir mejores defensas, mejores prácticas y una mejor cultura jurídica. Un sistema donde la ley no se respeta y la defensa no funciona es un sistema diseñado para fallar.

​Lo más irónico es que nos quejamos de la impunidad mientras alimentamos sus causas todos los días: la toleramos, la justificamos y la repetimos.

Tal vez ahí reside el punto que incomoda: la justicia no se destruye de golpe, se erosiona en silencio en cada expediente mal hecho, en cada norma ignorada y en cada acto donde la ley se vuelve adorno y no límite.

Mientras eso no cambie, seguiremos atrapados en el mismo círculo, hablando de justicia pero practicando otra cosa.

​Soy Carlos Alvarado. Sígame en redes sociales; entender el derecho también es una forma de no resignarse. Gracias.

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