Mario Padilla
Hay historias que dejan más preguntas que respuestas.
Esta semana, en un predio de la comunidad Ciénega, en Jerez, conocido localmente como Rancho Las Albercas, fueron localizadas cuatro osamentas humanas.
La Fiscalía General de Justicia del Estado de Zacatecas realizó los procedimientos correspondientes, intervino el lugar con personal especializado y ahora vendrá una etapa igual de importante: la identificación de las víctimas.
Pero más allá de la investigación, hay un detalle que merece detenernos un momento.
La primera pista no la encontró la autoridad.
La primera pista la encontró un colectivo de búsqueda.
Fueron integrantes de Las Escarabajo quienes localizaron indicios en el terreno y dieron aviso a las autoridades. Después vino el cateo, el trabajo pericial, la tecnología y la recuperación de los restos.
Y no es un caso aislado.
En Zacatecas hemos visto una y otra vez cómo los colectivos de búsqueda llegan primero a la información. Son ellos quienes reciben llamadas anónimas, recorren brechas, visitan ranchos y lugares abandonados y buscan donde nadie más lo hace.
Esto no significa que las autoridades no trabajen. Aunque muchas ocasiones demoran en llegar. Tampoco significa que puedan actuar sin cumplir procedimientos legales. En este caso, por ejemplo, se trataba de una propiedad privada y era necesario obtener una orden judicial para intervenir el predio.
Pero los hechos siguen ahí.
La búsqueda comenzó con ciudadanos.
Y quizá esa es la reflexión más importante.
¿Por qué en tantos casos las primeras pistas terminan siendo encontradas por familiares de personas desaparecidas?
La pregunta no es exclusiva de Zacatecas. Ocurre en buena parte del país. En estados como Sonora, Jalisco, Veracruz o Guerrero, los colectivos de búsqueda se han convertido en actores fundamentales para localizar fosas, restos humanos e indicios que después son procesados por las autoridades.
Aquí también está ocurriendo.
Las Escarabajo, Buscadoras Zacatecas y otros colectivos han demostrado una capacidad extraordinaria para organizarse y salir al campo en busca de respuestas.
Pero esa realidad también debería incomodarnos.
Porque ninguna madre debería tener que convertirse en investigadora.
Ningún padre debería aprender a reconocer una fosa clandestina.
Y ninguna familia debería asumir por necesidad una tarea que en una sociedad ideal nunca tendría que realizar.
El caso de Las Albercas deja una investigación abierta.
Pero también deja una certeza: En Zacatecas, muchas veces la búsqueda comienza cuando una familia decide no rendirse.