¿Cómo puede quedarse la casa de Justicia sin Justicia

Carlos Alvarado

Hay preguntas que no tienen una respuesta sencilla. ¿Cómo puede la Casa de la Justicia quedarse sin justicia para quienes la sostienen todos los días? Imaginemos y pongamos en contexto.

Usted llega a trabajar como cualquier mañana, saluda a sus compañeros, prende la computadora, piensa en los pendientes, de pronto lo llaman, no es para felicitarlo, no es para reconocer los años de servicio. Le entregan una hoja y le dicen, «Hasta ahí llegó». Así de rápido.

La pregunta no es si duele, la pregunta es que pasa después, porque cuando a cualquier trabajador del sector privado lo despiden, la ley prevé mecanismos para protegerlo.

Dependiendo del caso, existen prestaciones, indemnizaciones y procedimientos.

Pero cuando eso ocurre dentro del propio Poder Judicial, muchas personas descubren que la justicia que durante años ayudanon a construir parece caminar más despacio cuando toca las puertas a sus oficinas.

Esta semana conocemos el caso de 43 personas despedidas que eran trabajadores sociales del Instituto Federal de Defensoría Pública que fueron separadas de sus funciones, entre ellas una compañera zacatecana con 18 años de servicio.
Lo más preocupante no es solamente la terminación de su nombramiento, es la incertidumbre sobre las prestaciones y recursos que forman parte de su patrimonio laboral.

Mientras decenas de familias enfrentan un futuro incierto, diversos medios han documentado, además que estos trabajadores y trabajadoras eran quienes acercaban la defensoría pública a las personas más vulnerables del país.

Y aquí aparece una contradicción digna de un tratado de filosofía o de una vela con humor bastante cruel.

Todos los días el poder judicial le dice a las autoridades que deben respetar los derechos humanos, garantizar el debido proceso y proteger la dignidad de las personas.

Pero cuando el problema ocurre dentro de la casa, pareciera que el arquitecto olvidó construir una puerta para entrar a la justicia. Existe un filósofo que dice que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Quizás por eso durante años el poder judicial hubo palabras que casi no se pronunciaban: incertidumbre, precariedad, miedo, despido.

Porque cuando una palabra obra desaparece del lenguaje, también empieza a desaparecer del debate y cuando se aparece del debate alguien termina convencido de que el problema no existe.

Es como explicar que es un árbol a quien jamás ha visto uno. Puede memorizar todas las definiciones, describir las hojas, el tronco, las raíces, pero nunca entenderá realmente su existencia hasta colocarse frente a él.

Lo mismo sucede con la justicia laboral.

Es muy fácil hablar de dignidad del trabajador cuando el problema siempre ocurre de al otro.

Lo difícil es demostrarlo cuando la decisión administrativa toca la puerta de nuestra propia institución. No se trata de defender privilegios, se trata de defender congruencia,porque un poder judicial fuerte no se mide solamente por la calidad de sus sentencias, también se mide por la forma de cómo trata a quienes dedican su vida a hacerlo funcionar.

De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en esa extraña carpintería donde fabrican puertas para todos, menos para entrar a su propia casa.

Soy Carlos Alvarado y te invito a seguirme en mis redes sociales. Comentemos, analizamos y dialogamos, porque la justicia no se fortalece cuando todos pensamos. Igual se fortalece cuando tenemos el valor de hacer las preguntas que nadie quiere responder.

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