Cuando los derechos solo existen para los nuestros, dejan de ser derechos y se convierten en privilegios

Carlos Alvarado

Hoy quiero hablar de una discusión que ha partido las redes sociales en dos, como si la democracia fuera una pelea de cantina donde cada mesa quiere expulsar a la otra.

De un lado están quienes dicen que las personas que reciben despensas, becas o apoyos sociales no deberían de votar porque su voluntad puede comprarse.

Del otro lado está quien responde que esa postura es clasista porque castiga la pobreza y convierte la necesidad en una especie de delito político.

Ambos bandos se gritan, se insultan y se sienten moralmente superiores. El problema es que si uno escucha con cuidado, los dos terminan pidiendo casi lo mismo, un gobierno autoritario que reconozca los derechos solamente a los suyos.

Platón desconfiaba de la democracia porque temía que la mayoría pudiera ser manipulada por discursos fáciles y promesas agradables. No estaba completamente equivocado.

Una ciudadanía desinformada puede entregar el poder al primer vendedor de milagros que llegue con una sonrisa, una despensa y una fotografía para redes sociales.

Pero de ahí a quitarle el voto a quien recibe un apoyo existe un abismo, porque una cosa es denunciar el clientelismo electoral y otra convertir al beneficiario en culpable. El problema no es la persona que recibe una beca, una pensión o una despensa.

El problema es el gobierno que transforma un derecho social en una factura electoral. En México hemos perfeccionado el paternalismo, el poder entregar recursos públicos como si fueran regalos personales.

Se coloca su nombre en los programas, se agradece con sombrero ajeno y después se espera obediencia en las urnas. La despensa la paga el pueblo, pero el político exige las gracias.

Y mientras unos quieren quitarle el voto a quienes reciben apoyos, otros justifican cualquier abuso con la excusa de que el gobierno ayuda a los pobres.

Unos dicen que los necesitados no deberían decidir. Los otros sostienen que como reciben ayuda deben de respaldar al benefactor.

En ambos casos la persona desaparece. Para unos es ignorante y manipulable; para otros es un voto cautivo. Para casi nadie es un ciudadano libre.

La educación importa, por supuesto. Una democracia necesita que sepamos qué hace el presidente municipal, qué corresponde a un gobernador, qué aprueba un Congreso y para qué sirven los tribunales.

Pero tampoco debemos confundir la escolaridad con la conciencia cívica. Hay personas con títulos universitarios que venden al país por una dirección general y personas que apenas aprendieron a leer, pero conocen perfectamente el valor de organizarse, cuidar su comunidad y defender el bien común. La democracia no exige ciudadanos perfectos, exige ciudadanos involucrados.

Lo importante no es cuánto sabes de la teoría política, sino si entiendes que lo público también te pertenece, que los apoyos no son favores, que los derechos no se agradecen y que ningún partido es dueño de tu conciencia.

Porque el autoritarismo no comienza cuando llega un dictador con uniforme; comienza cuando aceptamos que algunos merecen más derechos que otros, cuando creemos que los pobres deben de obedecer porque reciben ayuda o que los ricos deben de mandar porque pagan más impuestos.

La democracia no consiste en proteger solamente a quienes piensan como nosotros. Consiste en garantizar que incluso quien nos incomoda conserve los mismos derechos.

Por eso hay que decidir, hay que informarse, discutir, organizarse y votar. No por miedo, no por gratitud y mucho menos por flojera, porque dejar que otros decidan por nosotros es peor que no ir a misa.

A la misa puede uno faltar y arreglar cuentas con su conciencia, pero cuando faltamos a la democracia, las consecuencias las paga toda la comunidad.

Soy Carlos Alvarado. Gracias por acompañarme. Los invito a seguirme en mis redes sociales, a comentar, analizar, dialogar, porque cuando los derechos solo existen para los nuestros, dejan de ser derechos y se convierten en privilegios.

Gracias.

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