Cristian del Havre
Hay cartas que no buscan redención, sino controlar el relato. La de Ismael “El Mayo” Zambada, escrita desde la derrota jurídica y la prisión perpetua, pretende vestir de humildad lo que durante décadas fue poder criminal: una anatomía del miedo y el dinero, donde la disculpa suena más a estrategia que a conciencia.
El mensaje de que “no hay honor en la violencia” llega tarde, cuando el saldo de muerte, corrupción y devastación social ya fue cobrado a millones de mexicanos.
El problema, sin embargo, no termina en el capo. Se extiende a la industria cultural que convirtió al narco en personaje, al verdugo en antihéroe y a la tragedia nacional en un producto de exportación. Ahí aparece Epigmenio Ibarra, no como un creador de ficción cualquiera, sino como uno de los rostros más visibles de una narrativa que, con frecuencia, confunde la denuncia con la fascinación y la crítica con la estética del delito.
Porque una cosa es retratar la violencia y otra muy distinta es embellecerla con luces dramáticas, diálogos seductores y una épica del poder que termina por convertir al capo en una figura de admiración popular.
Cuando la pantalla insiste en mostrar al criminal como alguien astuto, romántico, trágico o “profundamente humano”, sin un contrapeso moral claro, el mensaje que recibe una parte del público es simple: el crimen también otorga prestigio.
Y ahí está la mayor indecencia: mientras El Mayo pide perdón con la misma frialdad con la que administró una maquinaria de violencia, ciertos productores han contribuido durante años a que ese mundo parezca narrativamente irresistible.
La narcoserie no creó al narco, pero sí pulió su imagen, lo volvió consumible y lo llevó al salón de clases de la cultura popular como si fuera una opción aspiracional más.
El país necesita menos liturgias del capo y más pedagogía moral. Menos aplausos disfrazados de realismo y más valentía para decir que detrás del “mito” del narcotráfico hay fosas, madres buscadoras, comunidades sitiadas y generaciones enteras educadas en la falsa idea de que el poder sin ley es una forma legítima de ascenso social.
Por eso, la carta de Zambada y las narcoseries de Ibarra pertenecen al mismo universo simbólico: uno escribe desde la cárcel intentando controlar su legado; el otro, desde la pantalla, ayudó a hacer rentable la leyenda.
Entre ambos hay una diferencia de formato, pero una coincidencia de fondo: el narco siempre encuentra a quien lo narre mejor de lo que merece.