Cristian del Havre
La pasión por la selección mexicana se ha convertido en una de las expresiones más poderosas de la identidad nacional; sin embargo, en los festejos del Mundial 2026 esa euforia ha terminado en violencia, heridos y muertes.
En la Ciudad de México, al menos cuatro personas fallecieron por asfixia y un paro cardiorrespiratorio en el Ángel de la Independencia; mientras que, en Cabo San Lucas, un conductor atropelló a 17 aficionados y terminó linchado y en Zacatecas, un joven golpeó a una trabajadora de plataformas y, en otras ciudades, hubo riñas armadas, embestidas y daños a bienes públicos.
Existe una normalización de la violencia y la ebriedad en los espacios públicos. En varios casos se reportan riñas, consumo excesivo de alcohol, uso de objetos como armas y conductas de riesgo que ponen en peligro a terceros.
La violencia ya no es un episodio aislado, sino parte de una crónica repetida: “tres partidos, tres victorias y una lista creciente de heridos, agredidos y víctimas de la euforia que se desborda”.
Hay un vacío político en la construcción de una cultura del cuidado. Las autoridades han emitido exhortos genéricos.
Proyectos europeos como ALLEGRO han desarrollado modelos de simulación para predecir dónde se aglomeran las multitudes, diseñar intervenciones como el cierre de calles o la redistribución de puntos de acceso, y planificar evacuaciones.
En Japón y Corea del Sur se utilizan sensores de densidad y cámaras con inteligencia artificial para monitorear multitudes en tiempo real, emitir alertas automáticas cuando la densidad supera límites seguros y activar medidas de respuesta, como el cierre de accesos o la redirección de flujos.
Los modelos exitosos combinan planificación preventiva, tecnología de monitoreo, regulación clara, coordinación institucional y una cultura de civismo.
En síntesis, los festejos por los triunfos de la selección mexicana tienen una dimensión política profunda: muestran cómo la pasión popular puede ser gestionada o desbordada por la falta de planificación, regulación y cultura de civismo.
Evitar que terminen en tragedia requiere una acción coordinada de las autoridades y una transformación cultural en la sociedad, donde la euforia se exprese con responsabilidad, respeto y cuidado mutuo.