Los mexicanos no aprendemos sino a chingadazos

Gabriel Rodríguez Piña

Llegado el momento, la oposición dio luz a las oscuridades en Zacatecas; cada quien escoge el verdugo que más le acomoda y tal vez por eso se dice que en México, todos somos hijos de la chingada.

Ya lo había ensayado el maestro Octavio Paz en El laberinto de la soledad, quien en los años 50 escribió que los soldados españoles llegaron a tierras mesoamericanas a violar a todas nuestras abuelas indias, luego de lo cual se puede deducir su expresión.

Es por ello que el verbo chingar forma parte integral de una forma de ser, de una filosofía y una moral, la conducta aprendida, el sujeto que es oración, complemento y activo o pasivo, todo depende.

En México, precisa Paz, nunca se triunfa ni tampoco se llega lejos por ser inteligente o profesional, sino que en los goznes de la tercera década del Siglo XXI, nuestro país es la evidencia real de que aquí triunfa quien chinga más y mejor a los otros.

Nuestro sonoro verbo, no tendría en ese sentido nada que ver con el uso del verbo to fuck en inglés que es de un empleo constante pero que en sentido alguno, no logra ni tampoco posee los alcances de nuestro estruendoso chingar en castellano.
Y es que, en su aplicación directa, chingar es justamente eso: herir, lastimar, denigrar, poseer por el trasero a alguien y someterlo a nuestras reglas, le guste o no.
En este momento leo otro ensayo, denominado La gran novela latinoamericana de Carlos Fuentes, e
n cuya página 22, su autor escribe:
“Colón cree, después de todo, que ha encontrado un mundo antiguo: los imperios de Catay y Cipango: China y Japón. Américo Vespucio, en cambio, es el primer europeo que dice que éste es en verdad, un Mundo Nuevo: merecemos su nombre. Es Vespucio quien finalmente hunde la raíz utópica en América”.

“Utopía es una sociedad, los habitantes de Utopía viven en comunidad armónica y desprecian el oro: ‘Los pueblos viven con arreglo a la naturaleza y mejor los llamaríamos epicúreos que estoicos…No tienen propiedad, no necesitan gobierno: Viven sin rey y sin ninguna clase de soberanía y cada uno es su propio dueño’”.

Hoy, entrado el Siglo XXI, habría que preguntarnos, más de medio milenio después, qué es lo que como nación queremos ser, hacia dónde queremos ir. ¿Qué y quiénes somos en realidad los mexicanos?: ¿carne electoral, el delirio del rapto de nuestros sueños, el pedazo de carne humana al que se le despoja de sus seres queridos, contribuyentes pasivos de criminales, vertedero de jóvenes para el uso de los criminales o qué?

¿Qué es lo que somos, qué es lo que queremos ser?

Hamlet triunfa sobre la muerte al haber despedazado a la muerte misma para vengar el asesinato de su padre luego de asesinar a su tío y hallar en ello la resolución a sus tribulaciones por medio de un día mejor, un futuro más promisorio, la creación de una nueva jornada.

En México, llevamos décadas y décadas experimentando la democracia y nuevas formas de gobierno que nos permitan hallar una salida a nuestro nebuloso presente, porque ahí donde otros países tienen índices de educación sobrecalificada, aquí nuestros jóvenes estudiantes de 15 años no saben lo que es una raíz cuadrada.

El Jesús en nuestras bocas nos sorprenderá entrado el año 27 con que las deudas se han multiplicado, las tasas de interés elevado a cimas inalcanzables y los delitos de extorsión, narco y secuestro acrecentado.

Pero eso es justo lo que hemos intentado hacer todo este tiempo, nuestros actos del presente cocrearán lo inmediato el futuro, mientras que todas nuestras acciones nos habrán llevado al laberinto de chingaderas de las que Paz escribió en los años 50 del siglo pasado.

Que nadie se llama a sorpresa, el porvenir será ominoso, pues de nuevo nos sorprenderá con los dedos sobre el portón ya que en términos justos, no importa quién llegue o cuanto intente deslindarse de los negocios de aquel que se aleja sino el know how.
Lo claro es el síntoma; el verbo es chingar. Pero la culpa no es del indio o de nuestros dioses caídos o de las indias violadas, o del catolicismo y la hispanidad que nos dieron lenguaje, cultura, pertenencia y arraigo.

En términos abstractos, la culpa sea quizás de todos, incluidos nosotros mismos, incapaces de renunciar a todo lo que hemos sido y mudarnos a un nuevo país que se signifique por su civilidad, la cultura, la inteligencia, el desarrollo, el arte y mejores oportunidades para, por ejemplo, los centenares de jóvenes zacatecanos que anualmente salen de la UAZ, pero quienes acaso sospechan que no les aguarda sino desempleo y pobreza en el devenir.

¿Qué será de una nación en que la está prohibido expresarse, salir adelante, buscar nuevas opciones en un mundo supradigitalizado que nos encuentra con niveles de inglés de cero por ciento entre nuestros escolares?

Sabemos que, al menos en teoría, hay menos pobres, pero ni siquiera eso garantiza desarrollo, evolución ni mejoría.

Porque yo no lo dije, lo asentó Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “En México, todos somos hijos de la chingada”.

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