Saúl Monreal, senador
La presentación oficial de Olinia, el vehículo eléctrico impulsado por talento mexicano, no había terminado cuando ya se había desatado una avalancha de críticas en redes sociales. Antes de analizar sus características, antes de conocer a fondo su potencial y antes incluso de que llegue a las calles, aparecieron los profetas del fracaso, los especialistas en descalificar y los que parecen sentirse incómodos cada vez que México intenta construir algo propio.
La presidenta Claudia Sheinbaum presentó este domingo el prototipo de Olinia, un vehículo eléctrico desarrollado con participación de instituciones públicas de educación e investigación mexicanas, concebido como una alternativa de movilidad accesible y sustentable. El proyecto representa una apuesta por la innovación tecnológica nacional y por la capacidad de México para competir en una industria que marcará el futuro de la economía mundial.
Sin embargo, en lugar de celebrar que México esté intentando incorporarse a la carrera global de la electromovilidad, muchos optaron por el rechazo inmediato. Las redes sociales movidas por los que siempre están en contra de todo, sin más, lo descalificaron. No se discutió la importancia de desarrollar capacidades tecnológicas propias ni el hecho de que detrás del proyecto participan científicos, ingenieros, investigadores y estudiantes mexicanos. Para algunos, lo importante era encontrar el defecto más rápido posible.
La crítica es legítima y necesaria en toda democracia. Ningún proyecto público debe estar exento del escrutinio ciudadano. Pero existe una diferencia entre la crítica informada y el reflejo casi condicionado de desear que todo salga mal. Hay sectores políticos e ideológicos que parecen haber perdido la capacidad de reconocer cualquier avance cuando éste no proviene de sus propias filas.
Resulta llamativo que muchos de quienes hoy ridiculizan a Olinia pertenezcan o simpatizan con corrientes políticas que durante décadas gobernaron el país bajo el paradigma neoliberal. Durante esos años se habló mucho de modernización, competitividad e innovación, pero México siguió dependiendo tecnológicamente del exterior en áreas estratégicas. Se prometió el ingreso al primer mundo, pero nunca se impulsó seriamente una industria nacional capaz de competir en sectores de alta tecnología. Hoy, cuando se intenta construir una alternativa mexicana en el ámbito de los vehículos eléctricos, la reacción de algunos es el desprecio automático.
Olinia podrá enfrentar desafíos técnicos, financieros o industriales. Como cualquier proyecto ambicioso, tendrá que demostrar su viabilidad en los hechos. Pero lo que no puede negarse es que representa una señal de confianza en la capacidad de los mexicanos para diseñar, crear e innovar.
Las grandes transformaciones nunca nacen perfectas. Nacen con visión, con trabajo y con la convicción de que un país puede aspirar a algo más que ensamblar ideas ajenas. Quienes hoy se apresuran a decretar el fracaso de Olinia antes de que recorra un solo kilómetro reflejan más sus prejuicios que la realidad del proyecto.
Olinia es, en el fondo, una prueba de confianza en México. Y eso, para algunos, parece ser precisamente lo que más les incomoda.