Pan y circo, versión siglo XXI

Carlos Alvarado

Hay países donde el “pan y circo” era una estrategia del imperio. En México ya ni siquiera parece estrategia: parece política pública.

Aquí, mientras una parte del país llora desaparecidos, muertos y abusos de poder, otra discute conciertos, fútbol, artistas internacionales o cualquier tendencia capaz de distraer lo suficiente para no mirar aquello que se está pudriendo debajo de la alfombra.

México tiene una extraña capacidad para olvidar sus tragedias justo cuando más debería mirarlas de frente.
Mientras unos lloran a sus muertos, otros cambian el tema con conciertos, fútbol, espectáculos y tendencias en redes sociales. Pan y circo, versión siglo XXI. Ya no hacen falta gladiadores: ahora basta un artista famoso, un escándalo viral o cualquier cosa que distraiga lo suficiente para que el país deje de mirar.

Y mientras eso ocurre afuera del encuadre, detrás del telón del país siguen desapareciendo personas, siguen asesinando periodistas, siguen golpeando campesinos y siguen violándose derechos fundamentales como si fueran obstáculos administrativos y no límites constitucionales al poder.

En vísperas del 10 de mayo, Zacatecas ofreció una de esas imágenes que resumen perfectamente la contradicción mexicana: mientras había concierto oficial, flores, felicitaciones y discursos sobre el amor a las madres, afuera productores de frijol eran golpeados, estudiantes detenidos y una maestra jubilada de 74 años terminaba en medio de un operativo policiaco por solidarizarse con campesinos.

La escena parecía escrita por un autor que entendiera demasiado bien cómo funciona el poder en este país: adentro el espectáculo; afuera, el descontento social convertido en problema de seguridad.

Y hay algo todavía más delicado: el conflicto ni siquiera comenzó con los antimotines. Comenzó antes, cuando los productores buscaron dialogar y no encontraron respuesta.

Hubo reclamos, sí. Hubo enojo, sí. Hubo amenazas verbales, incluso según se dijo públicamente. Pero hasta donde se conoce, no hubo agresiones físicas, nadie incendió oficinas, nadie secuestró funcionarios, nadie tomó el poder. Sin embargo, horas después llegaron medidas cautelares y posteriormente llegaron policías.

Ese es el verdadero problema cuando un gobierno pierde sensibilidad política: empieza a mirar a los ciudadanos inconformes como amenazas potenciales. Y cuando eso ocurre, la política deja de existir y solamente queda la administración del miedo.

La propia Ley Orgánica de la Administración Pública del Estado establece que la Secretaría General de Gobierno existe para conducir la política interna y mantener relaciones con organizaciones sociales. Traducido al español cotidiano: su trabajo es evitar que los conflictos terminen entre escudos y antimotines.

Porque hay cargos públicos donde soportar la presión social forma parte del sueldo.

México parece atrapado en una lógica peligrosa: la gente pide diálogo y el gobierno responde como si el problema fuera la protesta, y no aquello que la provocó.

Luego nos preguntamos por qué el país está tan roto.

Porque mientras las conversaciones públicas se distraen con artistas internacionales, espectáculos o tendencias digitales, siguen ocurriendo cosas demasiado serias fuera de cámara: periodistas asesinados, activistas desaparecidos, colectivos ignorados y ciudadanos golpeados por exigir respuestas.

El problema nunca ha sido BTS, el fútbol o los conciertos. El problema es que el poder aproveche todo eso para esconder lo que ocurre detrás.

Y ahí aparece algo profundamente mexicano: nos hemos acostumbrado a sobrevivir emocionalmente anestesiados.

Preferimos discutir el penal, el concierto o el escándalo del día porque mirar de frente la realidad implica aceptar algo incómodo: el Estado lleva años normalizando violaciones a derechos humanos mientras la sociedad aprende a distraerse para no colapsar.

México no perdió solamente seguridad. También está perdiendo memoria. Y un país sin memoria termina aceptando como normales cosas que deberían
escandalizar.

Porque cuando campesinos, estudiantes, periodistas o maestras jubiladas comienzan a ser vistos como riesgos de gobernabilidad, el problema ya no es administrativo ni político: el problema empieza a ser histórico.

Y la historia mexicana tiene una pésima costumbre: siempre termina cobrando caro a los gobiernos que confunden gobernar con silenciar.

Yo soy Carlos Alvarado y los invito a seguirme en mis redes sociales, a comentar, cuestionar y dialogar, porque pensar sigue siendo una forma de resistencia.
Gracias.

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