Carlos Alvarado
En Zacatecas tenemos una extraña manera de querer a nuestros migrantes.
Cuando mandan dólares son héroes; cuando regresan en diciembre son nuestros paisanos; cuando ayudan a construir una calle, sostienen una familia o mantienen vivo un pueblo desde Estados Unidos, entonces sí recordamos cuánto aman esta tierra.
Pero cuando hablamos de ejercer el poder, comenzamos a revisarles los pasaportes.
La Legislatura de Zacatecas aprobó la reforma constitucional que exige la nacionalidad mexicana única para aspirar a determinados cargos del Poder Ejecutivo.
En cualquier estado la discusión sería importante, pero en Zacatecas debería darnos un poco de vergüenza, porque Zacatecas tiene una vocación migrante.
En 2020 ocupó el primer lugar nacional en intensidad migratoria. Nuestra historia lleva generaciones cruzando la frontera. Es un lugar donde viven los hijos, los hermanos, los padres y buena parte de quienes tuvieron que irse; nuestra propia historia, como Andrés Bermúdez, aquel migrante que regresó de Estados Unidos y llegó a gobernar Jerez.
No estoy defendiendo a su gobierno, ni convirtiéndolo en un ejemplo de nada. La historia simplemente retrata una realidad profundamente zacatecana.
Mientras muchos de quienes llamamos migrantes no se fueron porque quisieran dejar de ser mexicanos.
Se fueron porque México no pudo darles condiciones suficientes para quedarse. Buscaron trabajo afuera, formaron una vida, pagaron impuestos y, en muchos casos, adquirieron otra nacionalidad para tener derechos plenos en ese país que terminó recibiéndolos.
Y ahora México quiere decirles que, si algún día aspiran a gobernar su propia tierra, primero deben renunciar a uno de los derechos que consiguieron después de que su país no pudo ofrecerles oportunidades aquí.
Tiene algo de cruel la paradoja. Para recibir sus remesas jamás nos preguntamos cuántos pasaportes tienen. El dinero entra sin examen de patriotismo. Y bien, a tres años, pronto veremos, en 2027, a los partidos volver a mirar hacia Estados Unidos, visitar los clubes de migrantes, buscar a nuestros paisanos, hablarles de sus raíces y decirles que Zacatecas también es suyo, y pedirles que participen y voten.
Ese día volverán a ser mexicanos importantísimos. Muy importantes hasta que cierre la casilla.
Porque después de contar su voto, existe el riesgo de volver a tratarlos como siempre. Buenos para mandar dinero. Buenos para financiar proyectos. Buenos para llenar eventos. Buenos para votar. Pero cuando llega la discusión sobre hasta dónde pueden ejercer sus derechos políticos, entonces aparecen las condiciones y la letra pequeña.
Ahí también debería de aparecer la oposición. Y sí, protesta, habla y denuncia, pero sigue teniendo un problema bastante evidente: mucho ruido y pocas nueces.
Porque una oposición no existe solamente para decir que el gobierno está equivocado. Tiene que convencer a la sociedad de que existe una alternativa mejor. Hablar sin organización, sin propuestas y sin acciones termina siendo solamente ruido.
Y las redes sociales pueden fabricar mucha indignación. Pero todavía no gobiernan por sí solas.
Quizá cuando México pueda ofrecer a sus trabajadores condiciones semejantes a las que encontraron fuera, podamos discutir desde otra posición si deben de renunciar a la nacionalidad que adquirieron allá.
Mientras sigamos viendo partir a miles por falta de oportunidades, vergüenza debería de darnos exigirles después una prueba adicional de mexicanidad.
Porque para gobernar mal Zacatecas jamás hizo falta tener doble nacionalidad.
Y para querer profundamente a esta tierra tampoco ha hecho falta vivir dentro de sus fronteras.
Soy Carlos Alvarado. Sígueme en mis redes sociales. Gracias.