Teotihuacán ni accidente ni arrebato

Carlos Alvarado

​No vengo a contarles una noticia, vengo a incomodar un poco porque lo de Teotihuacán no fue un accidente ni un arrebato espontáneo ni ese consuelo fácil de decir que se volvió loco y ya.

​Esa explicación sirve para dormir pero no sirve para entender lo que realmente pasó el 20 de abril de 2026.

​Un hombre de 27 años abrió fuego en uno de los espacios más simbólicos de este país.

​Dos personas murieron, un extranjero y el perpetrador.

​13 resultaron heridas y no fue improvisación.

​Había estado antes en el lugar.

​Observó.

​Eso no es impulso, eso es construcción.

​Aquí el tema se vuelve incómodo porque no estamos frente a un individuo aislado.

​Estamos frente a alguien que ya habitaba una forma de ver el mundo donde la violencia tiene sentido.

​Donde matar no solo es destruir, es decir algo.

​Desaparecer es dejar marca.

​Las ideas no solo dicen qué pensar.

​También enseñan cómo mirar.

​Cuando alguien aprende a mirar a los otros como piezas, como objetos dentro de una escena, entonces el problema deja de ser únicamente personal.

​Se vuelve estructural.

​No es solo una fractura individual, es una fractura que encontró lenguaje, símbolos, relatos y organización.

​Hay un dato que pesa más de lo que parece.

​No eligió cualquier lugar, eligió Teotihuacán.

​Un espacio cargado de historia, de memoria y de identidad colectiva.

​Convertido en el escenario, no en raíz, no en vínculo ni en comunidad viva, sino en escenografía.

​Esto debería preocuparnos más que el arma.

​Cuando la historia se convierte en decoración, también puede convertirse en fondo de la barbarie.

​Ahora hay otra trampa que debemos evitar: explicar esto desde el origen del agresor, como si eso resolviera algo.

​La pobreza no explica una masacre.

​El ser indígena no pronuncia violencia.

​Decir eso es ignorancia.

​Tampoco podemos ignorar lo incómodo.

​Vivimos en un país que presume su pasado pero abandona sus pueblos.

​Que exhibe patrimonio pero no construye pertenencia.

​Que habla de identidad pero no garantiza condiciones mínimas de dignidad.

​Ese vacío no se queda vacío.

​A veces lo llena la frustración.

​A veces lo llena el odio.

​A veces lo llena la necesidad desesperada de existir, aunque sea a través del miedo.

​Existe la convergencia de abandono social, de narrativas violentas que circulan globalmente y de una cultura que vuelve la destrucción algo visible, replicable e incluso atractivo para quien ya está roto por dentro.

​Aquí es donde viene lo más peligroso.

​Reducir todo a problemas mentales es cómodo porque nos permite no mirar el contexto ni cuestionar las estructuras ni asumir la responsabilidad colectiva.

​Ese atajo solo garantiza que esto vuelva a pasar.

El problema no es solo alguien que haya disparado. El problema es que ya había aprendido a ver el mundo como un blanco.

​Mientras sigamos presumiendo piedras pero abandonando personas, no estamos defendiendo la historia.

​Estamos rentándola como escenografía.

​Yo soy Carlos Alvarado.
Síganme en mis redes sociales.

​Comenta, cuestiona, dialoga, porque el silencio también construye estas estrategias.

​Gracias.

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