Soberanía

Soberanía
Carlos Alvarado

Hoy hablaremos de una palabra que en México aparece mucho en el discurso y poco en los resultados: La soberanía.

Aquí, la soberanía suele tratarse como una pieza de museo. Se desenvuelve en ceremonia, se pronuncia con voz grave, se invoca cuando conviene políticamente y luego se guarda hasta la siguiente crisis. Sirve para la fotografía oficial, para el aplauso fácil, para las redes sociales; pero cuando llega la hora de gobernar, de investigar, de impartir justicia, de proteger personas, esa palabra misteriosamente se ausenta.

La realidad, que no respeta propaganda, lleva tiempo diciendo otra cosa.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha puesto atención sobre México por los cuestionamientos a la independencia judicial tras la reforma. No es un detalle menor.

Cuando un organismo internacional observa si un país controla a sus jueces, lo que está en juego no es la comodidad de los funcionarios: está en juego la protección futura del ciudadano frente al poder.

Al mismo tiempo, la Organización de las Naciones Unidas, por conducto del Comité contra la Desaparición Forzada, elevó la preocupación por la gravedad persistente de esta tragedia nacional.
Miles de familias buscan a los suyos mientras el Estado a veces llega tarde, o nunca llega.

Mientras aquí seguimos atrapados en esa discusión doméstica, afuera se formula una pregunta brutal: ¿México conserva la capacidad real para garantizar justicia, investigar delitos y proteger derechos humanos con una eficiencia mínima?

Y en ese contexto aparece la reacción conocida: Exigencia extranjera en reclamos oficiales, llamados al respeto territorial, discursos sobre la dignidad nacional. Y seamos claros: Un Estado serio debe defender su jurisdicción. Ningún país responsable puede renunciar a ello.

Pero cuando desde Estados Unidos surgen acusaciones públicas contra el gobernador de Sinaloa por presuntos vínculos con el narcotráfico, conviene decir algo indispensable: acusación no es sentencia.

Toda persona tiene derecho a la presunción de inocencia. Pero negar tampoco sustituye investigar.

La pregunta importante no es si alguien nos cae bien o mal. La pregunta es: ¿por qué ciertos sectores se incendian cuando se habla de injerencia extranjera, pero guardan silencio sepulcral cuando se habla de posibles narcopolíticos?

La soberanía sirve para una conferencia, pero no para limpiar estructuras internas.
En México, la soberanía muchas veces no opera como principio de Estado, sino como herramienta política. Se usa para rechazar al extranjero cuando incomoda, pero no para corregir la corrupción doméstica. Se exige respeto afuera, mientras adentro se toleran fiscalías débiles, policías rebasadas, desapariciones sin respuesta y regiones donde la ley compite contra el miedo… y va perdiendo por goleada.

Conviene decir una verdad incómoda: La soberanía no es sólo frontera, no es sólo bandera, no es sólo cantar fuerte el himno cuando hay cámaras.

La soberanía es control real del territorio. Es que ningún grupo criminal cobre cuotas. Es que ningún candidato necesite padrinos oscuros. Es que ningún gobernador tenga que explicar amistades peligrosas. Es que una madre encuentre justicia antes que una fosa. Es que un juez resuelva libremente, no condicionado. Es que la autoridad mande más que el dinero armado.

Si eso no existe, entonces la discusión sobre soberanía se parece mucho a poner cortinas nuevas en una casa sin cimientos.

Y aquí entra otro punto que casi nadie quiere tocar: muchos creen que la crisis mexicana empieza en los jueces. No siempre.

Frecuentemente empieza antes, con investigaciones mal hechas, carpetas vacías, pruebas arruinadas, cadenas de custodia rotas, ministerios públicos rebasados, expedientes donde la verdad llega mutilada.

Luego nos sorprendemos cuando hay impunidad. Luego nos ofendemos cuando organismos internacionales opinan. Luego gritamos “intervención”, pero lo que existe es vacío. Y donde hay vacío institucional, otros observan, presionan o terminan influyendo.

Nos preocupa quién cruzó la puerta, pero no quién dejó abierta la casa. Nos molesta que el vecino mire por la ventana, pero ignoramos al ladrón sentado en la sala.

Eso explica la contradicción nacional: mucho patriotismo, poca capacidad estatal; mucho discurso de soberanía, poca soberanía efectiva.

La verdad dura es esta: Los países no empiezan a perder soberanía cuando alguien cruza la frontera; empiezan a perderla cuando la ley deja de mandar dentro de ella.

Yo soy Carlos Alvarado, sígame en redes sociales, comentemos, analicemos y dialoguemos, porque pensar con memoria y sin miedo también es defender a México.

Artículo Anterior

Se garantiza el primer empleo de jóvenes

Siguiente Artículo

Encuentran siete cuerpos sin vida entre Aguascalientes y Zacatecas

Write a Comment

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PLAY y escucha Radio Evolución