El interés público pesa más ante las fallas del estado

Carlos Alvarado

​Quiero empezar con una escena breve: Un policía levanta la copa dentro de una patrulla. ​Le pasan la cerveza a otro, brindan, ríen y por un momento el Estado también parece brindar, pero por su propia pérdida de seguridad.

​Existen preguntas que incomodan, pero explican todo el contexto.

​¿En qué momento el uniforme dejó de significar responsabilidad y empezó a ser sólo un disfraz?

​En el Derecho hay una vieja discusión sobre si una mala persona puede ser un buen juez.

​La respuesta técnica es sí, pero la realidad institucional responde a otra cosa.

​El cargo no sólo se ejerce, también se representa.

​Por eso el Código de Ética del Poder Judicial de la Federación no sólo habla de capacidad; habla de integridad, imparcialidad y de algo más complejo como la confianza pública.

​No basta conocer bien el trabajo, hay que sostener la credibilidad del cargo.

​El servicio público no es un empleo, es una función del poder.

​Ese poder no deja de representarse cuando se acaba el turno porque el Derecho no se mide en horarios, sino en consecuencias.

​Lo que vimos no es vida privada, no es una travesura ni un exceso aislado.

​Es un uso de recursos públicos y una investidura activa en una función degradada frente a todos.

​Aquí está lo delicado: no es un problema moral, es un problema estructural.

​Un elemento que bebe en servicio no sólo se afecta a sí mismo; rompe la disciplina y debilita la institución.

​El mensaje es brutal: la ley es exigible, pero no para quien la porta.

​Cuando ese mensaje se instala, el ciudadano deja de confiar.

​Al dejar de confiar, el ciudadano empieza a desobedecer, no por rebeldía, sino por lógica.

​Sobre el video, hay que decirlo con precisión: no toda filtración es ilegal.

​Cuando lo que se exhibe revela una falla del Estado, el interés público pesa más.

​El problema no es que alguien haya sido grabado; el problema es lo que hace y que ya no nos sorprende.

​Eso es lo verdaderamente peligroso: cuando la corrupción deja de escandalizar y se vuelve paisaje.

​En ese punto, el deterioro ya no es una excepción, es una normalidad.

​Un Estado que normaliza eso no necesita enemigos, se destruye solo.

​Soy Carlos Alvarado y le invito a que me siga en mis redes sociales.

​Comentemos, cuestionemos y no dejemos de pensar juntos.

​El Derecho no sirve para adornos ni discursos; sirve para incomodar al poder y recordarle que no está por encima de nadie.

​Nos leemos en la próxima.

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