El juez, la verdad y la Corte que decidió jugar a Jumanji

Carlos Ernesto Alvarado Márquez

Calamandrei decía que el juez es como ese mago viejo que no hace trucos, sino que transforma la realidad con una frase bien escrita y un sello que retumba más que un trueno. La sentencia no describe la verdad, la fabrica. Y claro, en esa alquimia solemne puede brillar la justicia o deformarse todo como espejo de feria. Por eso el Estado debe cuidar a sus jueces como se cuidan los cimientos de una casa, porque si te falla uno, se te cae el techo y encima te dicen que era parte del diseño.

En México, sin embargo, hemos construido la costumbre de pedirle al juez milagros que no le tocan y culparlo cuando no hace magia con presupuesto recortado, seguridad inexistente y un discurso público que lo trata como si fuera parte del crimen organizado por el simple hecho de levantarse temprano. Aun así, día tras día los jueces sostienen el país con sentencias, no con discursos presidenciales, y con expedientes, no con propaganda. Esa es la parte que nunca sale en la mañanera, quizá porque la verdad judicial no sirve para la narrativa oficial.

Y justo cuando pensábamos que ya habíamos visto todo, la Suprema Corte decidió que los juicios terminados pueden resucitar. No con ley, no con procedimiento, no con límites. Resucitan porque sí. Como si el proceso fuera una especie de Jumanji jurídico donde tiras el dado y de pronto revive un expediente que ya tenía más años que el mole de olla.

La idea suena bonita en el papel, porque ¿quién quiere proteger una sentencia nacida del fraude? Nadie. Pero la Corte se olvidó del pequeño detalle que sostiene a cualquier sistema democrático; las reglas existen para que el poder no dependa del humor del día. Reabrir un juicio sin base legal es como abrir la puerta final del proceso y cambiar la cerradura por cartón. Hoy todos sienten que nada termina, que cualquier pleito puede salir de su tumba a media madrugada, como ex tóxico que vuelve cuando ya por fin eras feliz.

La gente no necesita magia. Necesita certeza. Y el Poder Judicial Federal la ha dado durante décadas, aun cuando lo pusieron contra la pared, lo atacaron sin evidencia o lo usaron como piñata electoral. Por eso es tan grave que ahora la inseguridad jurídica venga desde arriba, disfrazada de heroísmo moral. La justicia no se improvisa, se construye. Y si rompes sus cimientos porque quieres arreglar un caso, terminas rompiendo la casa entera.

Al final, el peligro no es que el juez tenga poder, el peligro es que lo tenga alguien sin reglas. Vivimos en un país donde hasta un semáforo se vuelve arma política, así que imagina lo que puede pasar cuando la sentencia deja de ser final y se convierte en borrador perpetuo.

Y mientras tanto nosotros, ciudadanos, abogados, víctimas y hasta el vecino que sólo quería dormir, nos quedamos esperando que alguien vuelva a poner la puerta de acero antes de que el monstruo salga otra vez del expediente.

Aunque tal vez estoy exagerando. Al fin que en México ya estamos acostumbrados a que lo único que no resucita es el presupuesto del Poder Judicial. Todo lo demás revive cuando conviene.

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