Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez
El primero de noviembre ya no es Día de Muertos. Es el día en que Uruapan confirmó que en México resistir mata.
Carlos Manso, el alcalde que se negó a pactar, fue asesinado después de rogar ayuda al gobierno federal. Nadie lo escuchó. Ni la presidenta, que prefirió guardar silencio hasta que Washington le recordó que los muertos también votan.
Michoacán sigue cosechando lo de siempre, limones, aguacates y sangre. Desde 2018 van dieciséis alcaldes asesinados. Ningún culpable, pero eso sí, muchos discursos sobre transformación. El poder no protege a los honestos, protege el silencio y las encuestas.
El libreto del gobierno sigue intacto. La culpa es del pasado, del neoliberalismo, del patriarcado, de Calderón, de Peña, de la Malinche y, si se puede, también del Papa. Autocrítica ninguna, propaganda de sobra.
En lugar de mirarse al espejo, este gobierno prefiere romperlo para no ver su reflejo.
Mientras tanto, los jóvenes michoacanos son golpeados por exigir justicia. La fotografía brutal se ve un símbolo brutal, dos muchachos boca abajo y un limón en el suelo, esto con todas las implicaciones una joven levantando la cabeza, pues el estado no nos puede callar, una seña obscena porque es la forma de resistir y el limón, ese que está cargado de sangre por alzar la voz. El Estado que no puede con los cárteles sí puede con los estudiantes. Qué eficiencia.
Y todavía se atreven a hablar del Plan Michoacán. Lo presentarán cuando terminen de llenar las fosas. En México los muertos siguen dando las mejores ideas, pero los vivos no aprenden nada.
Si la presidenta busca fantasmas del pasado, que deje de mirar a Calderón. El espíritu que más debería asustarla es el de su propio gobierno.
Sígueme en redes sociales como @Carlos Alvarado que en este país la valentía se paga con sangre y el cinismo con fuero.