Seguridad compartida, sólo si colaboramos juntos

Saúl Monreal, senador de la República

Amigas y amigos que nos siguen a través de Radioevolucion.com, les saluda su amigo Saúl, senador de la república, en la arquitectura contemporánea de la seguridad hemisférica, la relación entre México y Estados Unidos de América  ha dejado de ser un mero expediente bilateral para convertirse en un eje determinante de gobernabilidad, no solo en materia fronteriza, sino en los dictados mismos de estabilidad democrática y control institucional.

Las ultimas conversaciones entre el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, y el canciller mexicano, Juan Ramón de la Fuente, deben ser leídas no como un gesto protocolario, sino como el tránsito hacia una fase de cooperación operativa sustentada en responsabilidades compartidas y límites soberanos claramente definidos.

Los acuerdos derivados de este encuentro han cristalizado en la conformación de un grupo de alto nivel destinado a instrumentar y supervisar los compromisos adoptados, con especial énfasis en tres frentes que requieren resultados tangibles: el combate al fentanilo y los precursores químicos; la contención del tráfico de armas hacia territorio nacional; y el fortalecimiento de los canales de intercambio de inteligencia y extradiciones bajo principios de legalidad.

Si por décadas los mecanismos bilaterales fueron rehén de la retórica, hoy se exige eficacia verificable y transparencia institucional.

Uno de los avances más relevantes radica en la aceptación mutua de que ningún país puede, por sí solo, neutralizar los circuitos transnacionales del crimen organizado. La implementación de controles aduaneros inteligentes, la trazabilidad de rutas marítimas y el blindaje de puertos terrestres y aéreos son tareas que requieren interoperabilidad tecnológica y cooperación judicial inmediata. La exigencia estadounidense en torno al tráfico de drogas se ha visto correspondida con la insistencia mexicana de frenar, con igual rigor, la exportación ilícita de armas de alto poder.

Esa reciprocidad es indispensable para desmantelar los incentivos delictivos.

Cabe reconocer ciertos indicios de eficacia temprana: Disminuciones parciales en flujos migratorios irregulares, extradiciones coordinadas y operaciones conjuntas en corredores logísticos críticos. No obstante, estos resultados aún no configuran una política consolidada. La seguridad no puede administrarse bajo ciclos informativos ni someterse a agendas electorales; requiere constancia, marcos normativos homologables y, sobre todo, blindaje institucional frente a presiones externas.

En este contexto, México ha marcado una línea infranqueable: cooperación sí, subordinación no. La diplomacia contemporánea exige interlocutores firmes que sepan articular alianzas sin renunciar a su capacidad de decisión. Cualquier intento de condicionar apoyos o derivar responsabilidades unilaterales fracturaría los cimientos mismos de una política de seguridad legítima.

El reto inmediato es traducir los acuerdos diplomáticos en acciones presupuestales, operativas y evaluables. La ciudadanía no califica comunicados; exige protección real frente al crimen, certidumbre jurídica y reducción de la violencia. Por ello, será imperativo instaurar mecanismos de rendición de cuentas, informes periódicos y métricas verificables que permitan a los poderes civiles supervisar, sin opacidad, el alcance y los límites de esta cooperación.

La seguridad bilateral ha dejado de ser una mesa de diálogo para convertirse en una ecuación de corresponsabilidad. El tiempo de las declaraciones ha concluido. La prueba de legitimidad será la capacidad de construir, desde ambas soberanías, un andamiaje de cooperación que no privilegie intereses coyunturales, sino la defensa duradera de la vida, la justicia y el orden democrático.

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