Carlos Ernesto Alvarado Márquez
En México la eternidad se maquilla. Un día amanece como revolución, otro como institucionalidad, otro como “transformación histórica”. Pero debajo del maquillaje siempre late el mismo rostro. Todo empezó en 1929 cuando Plutarco Elías Calles decidió que la violencia posrevolucionaria ya estaba muy cara y que lo mejor era fundar un partido que evitara que los caudillos se siguieran matando. Lo llamó Partido Nacional Revolucionario. Nació para pacificar al país, aunque lo que pacificó fue la competencia política. Era una especie de “todos unidos para que nadie más mande”.
Cárdenas llegó en 1938 y convirtió ese aparato en el Partido de la Revolución Mexicana. Lo llenó de sectores y lo vistió de obrero, campesino y popular. No para democratizarlo, sino para controlarlo mejor. El PRM fue la versión sindicalizada del mismo proyecto centralista que nació con Calles pero con discurso agrarista y patria proletaria. Un traje nuevo para el mismo huésped.
En 1946 Miguel Alemán limpió el decorado y lo rebautizó como Partido Revolucionario Institucional. El nombre fue tan honesto que parecía broma. Por primera vez un país confesaba que su revolución ya era institución. Con el PRI México perfeccionó algo que ningún otro país había hecho; una dictadura cien por ciento constitucional, perfectamente maquillada de elecciones, modernidad y estabilidad. Tan estable que duró setenta años. Más que la URSS, más que Porfirio, más que los Beatles juntos.
Durante décadas crecimos en un país donde el gobierno no inspiraba respeto sino miedo. Un miedo discreto, cotidiano, aprendido. Sabías que podías criticar al presidente siempre y cuando no lo hicieras demasiado fuerte y siempre y cuando no lo escucharas eco. Y aunque el sistema presumía revolución, justicia social y democracia interna, su verdadero talento era otro; lograr que todos supieran quién mandaba sin necesidad de decirlo.
La transición llegó tarde pero llegó. En el 2000 la ciudadanía hizo algo que parecía imposible; sacar al PRI del poder. Ese giro abrió el aire, permitió alternancia y creó la ilusión de que México había dejado atrás su ADN autoritario. Lo que nadie imaginó fue que el país terminaría encontrando nostalgia en aquello que juramos superar.
Morena nació de ese retorno disfrazado de novedad. Se presentó como ruptura pero recicló cuadros del PNR, del PRM y del PRI. Heredó la disciplina del viejo sistema, su lógica de líder único, su desprecio a los contrapesos y su convicción de que la Constitución es un adorno que se acomoda cuando estorba. Cambió el color, cambió el discurso, cambió el logo. Lo único que no cambió fue el propósito; concentrar poder y desmantelar cualquier institución que no obedezca.
Hoy celebran leyes que permiten expropiar a voluntad aunque juran que no las usarán. Festejan reformas que huelen a censura aunque aseguran que nadie será censurado. Aplauden esquemas de vigilancia aunque dicen que jamás espiarán. Y mientras tanto presionan al Poder Judicial y al amparo porque saben que un ciudadano con derechos es más peligroso que un opositor con megáfono.
Y cuando la narrativa se desgasta hacen lo que todo sistema autoritario ha hecho en este país. Llaman al viejo caudillo para que ordene a su tropa. Descongelan al líder, lo suben al templete y le piden que despierte al tigre antes de que la realidad se los coma vivos.
La historia de México es cíclica. Cambian los nombres, las siglas, los colores y los hashtags. Lo que no cambia es esta manía nacional de entregarle el poder absoluto al mismo molde que juramos no volver a repetir.
Aunque hay algo que ni Calles, ni Cárdenas, ni Alemán, ni el PRI, ni Morena han podido disolver. La conciencia que despierta. Cuando un país recuerda que el poder es suyo, ningún partido reencarnado logra dormirlo otra vez.
Sígueme en redes como @Carlos Alvarado Aquí seguimos contando la historia completa, incluso cuando al poder le urge que volvamos a creer que ya la sabemos.