Carlos Ernesto Alvarado Márquez
Algo quedó claro este fin de semana. El poder ya no controla nada, ni la calle, ni el ánimo, ni la narrativa que tanto presume cuidar. Cuando la juventud dejó de gritar en pantalla y decidió ocupar la calle, el guion oficial se deshizo más rápido que un discurso mañanero bajo la lluvia. No fue inconformidad, fue ruptura. No fue berrinche, fue hartazgo. Y un régimen que presume estabilidad entró en modo pánico, ese que ni con propaganda se disimula.
La escena se repitió por todo el país. Encapsulamientos fallidos, gas que no frenaba a nadie, golpes que solo encendieron más cámaras. El supuesto enemigo eran bots y empresarios, pero los que resistieron eran jóvenes con la convicción de que ya no le deben nada al gobierno. Irónico que justo cuando intentaban borrar a un empresario incómodo, su nombre se volvió omnipresente. Casi tan omnipresente como la preocupación en Palacio cuando entendieron que el relato se les estaba cayendo encima.
Lo realmente grave no fue la protesta. Fue la fractura del mito de control total. Durante años se repitió que tenían a los jóvenes, al pueblo, al relato y al destino histórico. El sábado se rompió todo. La calle dejó claro que ya no se compra discursos mágicos. La gente salió por cansancio, por decepción, por dignidad. Y por algo más peligroso para el poder, salió sin miedo.
Aquí es donde vale la pena mirarnos sin adornos. Las palabras llevan meses desfigurándose, se volvieron gasolina barata. Insultos diarios, enemigos imaginarios, desinformación que corre más rápido que la ley. Y claro, cuando normalizas la violencia verbal, la violencia real llega sin invitación. Eso pasa cuando el gobierno necesita pelear todos los días contra sombras para no pelear contra la realidad.
El Estado de Derecho no es un accesorio, ni una frase de ceremonia. Es el único andamio que mantiene en pie este país lleno de grietas. Y aunque quieran disfrazarlo de trámite burocrático, es más simple. Es el terreno común donde cabemos todos, donde el desacuerdo no es una sentencia y donde la palabra del otro no es un ataque personal. Ese espacio se está encogiendo porque nadie lo cuida y porque muchos creen que se regenera solo. Grave error. Ningún derecho sobrevive al abandono.
La libertad es exigente. No perdona la pereza. Hay que elegir entre descansar o ser libres. Y la mayoría prefiere dormir. Hasta que el aire falta. Porque el Estado de Derecho es como el oxígeno, desaparece en silencio y solo notas su ausencia cuando ya estás respirando miedo.
Por eso cuida cómo hablas, cómo discutes, cómo te relacionas con quien piensa distinto. La minoría siempre cambia de bando, hoy es el vecino, mañana eres tú. En ese momento vas a necesitar que alguien defienda tu derecho a existir. Ese día el discurso heroico no sirve. Sirve el Estado de Derecho. Y ese no lo cuidan los gobiernos, lo cuidamos todos.
Y aquí viene la ironía final. Un gobierno que nació de la indignación podría terminar sofocado por la misma indignación que prometió encauzar. La historia tiene humor negro. Siempre cobra factura. Y esta vez no acepta pago en propaganda.
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